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La victoria de Meloni, el señor presidente

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    noviembre 2022

    El 28 de octubre de 2022 se cumplieron cien años desde la marcha sobre Roma, evento que abrió las puertas a la llegada de Mussolini al poder en 1922. Lo que vino después del violento otoño del 22 fueron: veinte años de régimen totalitario, la pesadilla del segundo conflicto mundial, una guerra de resistencia contra el nazismo y el fascismo, la liberación, una República y una nueva Constitución fundada en el antifascismo —quizá la más bella del mundo—, 75 años de democracia con sus altibajos —pasando por crisis parlamentarias, terrorismo rojo y negro, bombas, secuestros, terrorismo mafioso, corrupción y escándalos—, el adviento de Berlusconi que marcó el paso de la política vieja a la política nueva de la era de la comunicación, luego las crisis económicas y la pandemia.

    Los últimos cien años del bel paese no han sido siempre fáciles. Al cabo de este tiempo, ironías de la historia, el 21 de octubre Giorgia Meloni fue nombrada la primera mujer presidenta del gobierno, líder del partido Fratelli d’Italia, heredero del Movimiento Social Italiano, el partido en el cual encontraron lugar los nostálgicos del fascismo una vez llegada la democracia.

    Sería fácil hablar de corsi e ricorsi storici, la ciclicidad de la historia de Gianbattista Vico, pero la realidad es mucho más compleja.

    Resultados de las votaciones del 25 de septiembre

    Giorgia Meloni llega a ser premier liderando una coalición de tres partidos —Fratelli d’Italia, la Liga de Salvini (ex vicepremier y ex ministro del interior) y Forza Italia de Berlusconi (no hace falta presentarlo)— que ha sido definida de centro-derecha.

    Esta triada no es nueva. Los tres partidos (con otros nombres) han gobernado juntos en los gobiernos de centroderecha de Berlusconi, pero ahora cambian las cuotas, los pesos y el partido de ultraderecha y posfascista obtiene más del doble de los votos que los otros dos juntos. Este es el resultado de las elecciones del pasado 25 de septiembre, resultado obvio y que las encuestas habían previsto hace meses, pero que igualmente no deja de sorprender.

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    Giorgia Meloni, durante su discurso tras la victoria electoral en Italia | EFE

    Fratelli d’Italia nació en 2012 y el tratamiento que ha recibido es el de un partido minoritario de nostálgicos sin mucho impacto en la realidad ideológica del país. En las elecciones de 2018, la agrupación obtuvo el 4% de los votos en el Parlamento y, desde entonces, ha ido creciendo paulatinamente con constancia hasta llegar a un inédito 26% en la desastrosa legislatura pasada. Los compañeros de coalición alcanzaron cada uno alrededor del 8% de los votos, marcando un declive importante, sobre todo de la Lega, que en las últimas elecciones europeas alcanzó el culmen con el 34% de los consensos. Forza Italia mantiene un electorado, pero nada que ver con las performances de Berlusconi de hace una década.

    La relación entre los tres partidos venía siendo tensa en la última legislatura, a pesar de que las diferencias programáticas rara vez han impedido al bloque de derecha juntarse con fines electorales, por lo que en septiembre se presentaron a las votaciones en coalición. Sabiendo aprovechar el sistema electoral que premia las coaliciones, y aunque la derecha no obtiene la mayoría de los votos, convirtió su 44% en mayoría absoluta de los escaños en las dos cámaras del Parlamento. Los demás partidos, desde el centro hasta la izquierda, sumaron entonces muchos más votos —en términos numéricos— que la coalición de derecha. Sin embargo, fricciones y divergencias menores entre los partidos, en particular entre el Movimiento 5 Estrellas (M5S por sus siglas en italiano) y el Partito Democrático, han impedido la formación de una coalición que los hubiera llevado nuevamente al gobierno. El PD llegó a un tímido 19% y M5S obtuvo un 15% después del exploit del 32% en 2018.

    Como irónicamente se dice en Italia, cada vez más a menudo, el partido que gana es el de la abstención: más del 40% de los electores no acudieron a las urnas, reflejo de una profunda desilusión de una ciudadanía acostumbrada a votar más o menos masivamente hacia una política que se ha dedicado a gobernar y mantenerse en el poder perdiendo la relación con los ciudadanos de a pie.

    Se puede analizar la victoria de Meloni desde muchísimas perspectivas. A pesar de no ser una outsider de la política (ha militado en la juventud del MSI desde los 15 años), su llegada al poder es novedosa y marca un cambio muy profundo en la evolución de la política italiana.

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    Giorgia Meloni | REUTERS

    Si bien es importante analizar el resultado como se ha hecho ampliamente, desde las categorías ideológicas del siglo XX italiano, esta no es la clave principal que nos da respuestas sobre el éxito de Meloni y de su partido. La razón fundamental que los ha llevado al gobierno no es histórica, sino que es política y muy coyuntural. Meloni supo recoger muy bien el descontento y la insatisfacción de las masas —aunque en unas elecciones con la participación más baja de la historia republicana, un 26%, es difícil definirlo “masa”— durante la última legislatura en la que tres gobiernos con tres mayorías parlamentarias diferentes se habían sucedido en poder, en un contexto interno e internacional sin precedentes marcado por la pandemia de COVID-19 y la guerra a las puertas de la UE, lo que ha hecho extremadamente complejo el escenario. El partido de Giorgia Meloni siempre se mantuvo en la oposición, bien cuando gobernaba el M5S con la Lega o cuando el gobierno de unidad nacional de Mario Draghi estaba en el poder. Desde ese lugar no se ha manchado de ninguna de las medidas impopulares que estos gobiernos han tenido que tomar para enfrentar la crisis. Así fue que el italiano promedio se enamoró de Giorgia: no por ser un outsider de la política, ni mucho menos una política iluminada, sino por su coherencia extrema junto con su oposición enérgica a toda medida y a gritos.

    La victoria de Meloni se debe, sin duda, a sus capacidades y su conocimiento de las dinámicas políticas, aunque en esta fase creo que el éxito habla más del electorado italiano que de la brillantez de su personaje. La idiosincrasia italiana, la afección o el enamoramiento de un líder carismático que nos viene a salvar del abismo, es algo que hemos visto múltiples veces durante los últimos 30 años. Desde Berlusconi a Salvini al M5S, todos partidos y líderes que han inflamado la ciudadanía prometiendo cambios profundos del sistema y que al cabo de unos años se ha visto como han sido castigados por el electorado (algo que Giorgia Meloni sabe bien y teme sufrir).

    Sin embargo, su programa electoral, su ideario y la composición de su gobierno no tienen nada de nuevo. Un programa de derecha ultraconservadora, identitaria, patriótica, con ninguna atención a la diversidad social, reaccionaria en términos de derechos sociales, fundamentalista en su concepción de la familia tradicional, racista en materia migratoria, obsesionada con el tema de la seguridad, poco proclive al multilateralismo y al europeísmo, más cercana a los gobiernos húngaro y polaco que al consenso europeo y que tiene puntos en común tanto con la experiencia berlusconiana como con el salvinismo.

    Desde el punto de vista económico, la pertenencia de Italia a la Unión Europea deja poco margen de maniobra, lo mismo pasa con su posicionamiento internacional: a pesar de las amistades de Berlusconi y Salvini con Putin, Meloni ha declarado en varias ocasiones que Italia será un aliado fiel de Ucrania y de la OTAN. Entonces, es sin duda el plano identitario, restrictivo en derechos y libertades, el que vamos a ver desplegarse en los próximos meses. A pesar de las proclamas electorales sobre la urgencia de volcarse en trabajar en los temas más urgentes para la ciudadanía —como son los precios de la electricidad (triplicados en pocos meses), el cierre de pequeñas y medianas empresas ahogadas en deudas, la pobreza creciente o la precariedad laboral—, las primeras acciones del ejecutivo no atajan estas problemáticas sino que retoman el hilo de la política de seguridad que Salvini, quien abandonó el ministerio del interior en 2019, había dejado.

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    La ganadora de las elecciones de Italia durante su discurso | AFP

    Las primeras acciones del nuevo ejecutivo es el decreto “rave”, que busca una modificación del código penal para castigar con cárcel a quienes participen en eventos no autorizados de más de cincuenta personas (peligrosísima indefinición de una norma jurídica que daría pie a sanciones punitivas aplicables al ejercicio de la protesta pacífica o de huelga) y el bloqueo de los barcos de las ONGs, que en los últimos días han rescatados centenares de migrantes a la deriva en el Mediterráneo central, son el ensayo de una política de seguridad que caracterizará al gobierno de Meloni.

    El hecho de que Meloni sea la primera mujer presidenta del gobierno y que esté entre los líderes más jóvenes que han obtenido este cargo en el país, son meros datos anagráficos. Meloni no es feminista y no se rodea de mujeres. De los 24 ministros, sólo seis son mujeres y a unos días de su posesión, una orden del gabinete de presidencia ha invitado a todas las administraciones y entes públicos a referirse a ella como el señor presidente del consejo de ministros”. A pesar de ser joven, la edad promedio de los miembros de su gobierno es de 60 años. Tampoco hay caras nuevas en su administración puesto que muchos cargos han sido ocupados por personas que previamente ya habían participado en política.

    Por muchos aspectos, no hay nada nuevo bajo el sol excepto una cosa: en más de setenta años de vida republicana nunca había llegado al poder en Italia un partido o líder que procediera de una tradición y un ideario fascista. Italia es el país que inventó el fascismo, que lo sufrió durante veinte años, que tiene la responsabilidad de haber ayudado a difundirlo en otras partes de Europa y que inspiró a otros feroces dictadores como Adolf Hitler o Francisco Franco. Pero Italia también es un país que fundó su pacto social de posguerra sobre los valores que habían formado la lucha antifascista de los partisanos: el republicanismo, la democracia, la igualdad política y la justicia social. Y que también, ahora se hace evidente, ha olvidado cuidar el patrimonio cultural antifascista.

    ¿Es Italia un país fascista?

    El fenómeno de la expansión de la ultraderecha reaccionaria interesa hoy en día muchos países del mundo. Se ha visto con Trump y Bolsonaro en América o con Orbán en Europa, y muchos movimientos posfascistas aumentan su consenso en varios países, véase el ejemplo de Vox en España. En los medios internacionales, muchos se han preguntado si Italia todavía es un país fascista y si Giorgia Meloni pertenece a esta corriente.

    Desde mi punto de vista, creo que Meloni es una política inteligente que ha sabido jugar muy bien con la ambigüedad y el revisionismo durante su cursus honorum. Está fuera de duda que, aunque venga de esa tradición política, décadas de militancia democrática le merecen la definición de ultraderechista más que de fascista. A nadie se le ocurriría pensar que lo que estamos viendo es el comienzo de un régimen autoritario al estilo del siglo XX, basado en la violencia armada para silenciar a opositores políticos y a cualquier voz crítica, ni más faltaba.

    El estado italiano tiene instituciones sólidas que sabrían encender las alarmas si se empezase a delinear un escenario similar, o al menos eso esperamos. Sin embargo, Meloni y muchos en su partido (sobre todo el presidente del Senado, Ignazio La Russa), nunca han sido claros con respecto a su relación ideológica actual con ese mundo y las palabras sobre el tema nunca han sido tan contundentes como para aplacar los ánimos de los que nos reconocemos en el antifascismo como valor fundacional de nuestra República. La falta de condena a quien en el partido usa el saludo fascista, la no celebración del 25 de abril (día de la liberación del nazifascismo por parte de i partigiani) son hechos graves, aunque puedan parecer puro simbolismo.

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    Vista del hemiciclo de Montecitorio durante la elección del presidente de la Cámara de Diputados de Italia | EFE

    Es cierto que Italia tiene una cuestión no resuelta con el fascismo, de manera similar, aunque más lejana en el tiempo, a lo que pasó en España. Nunca hubo un proceso de transición completo. Se acordó una amnistía que llevó al país a hacer un borrón y cuenta nueva de las dos décadas precedentes. Se consideró que era mejor no mirar atrás y seguir adelante con la construcción desde las cenizas con las fuerzas políticas de aquel entonces, desde los comunistas hasta los liberales y católicos, que el fascismo lo habían combatido. Sin embargo, los simpatizantes del fascismo siempre estuvieron allí, de muchas formas, y la llegada al poder de Berlusconi, quien les ofreció participar en sus gobiernos inventando el “centro derecha” italiano, les dio una legitimidad democrática que el resto del espectro político miraba de reojo, pero sin demasiada preocupación: eran una fuerza marginal. El sabio Fausto Bertinotti, retirado protagonista de la izquierda italiana, afirmó que Italia ya no es —y tal vez nunca ha sido— un país antifascista.

    Si lo ha sido, ahora entra en una nueva etapa: el a-fascismo, que cierra el ciclo de la posguerra y nos hace adentrarnos en una nueva época en la que, también los herederos de los defensores de la gran tragedia italiana del régimen, y los que no participaron, ni firmaron ni quisieron la nueva Constitución, entran a Palazzo Chigi con un gran respaldo popular.

    El antifascismo —palabra que la derecha de Meloni nunca ha pronunciado— ya no es el mínimo común denominador de los demócratas italianos.

    Ahora bien, entre el electorado de Hermanos de Italia no dudo que haya nostálgicos de Mussolini —desafortunadamente siempre los hubo y los habrá— pero creo son una minoría. La mayoría de los electores de Meloni no tomaron una posición ideológica al respecto, no vienen de la misma historia. Son electores que han dado su confianza al líder que les parecía más adecuado para romper el continuismo de los últimos gobiernos (como antes lo habían dado al M5S y a la Lega), que más se oponía, que más “pura” parecía, sin importar su procedencia ideológica. Es justo ahí donde vemos el fracaso cultural del país: el antifascismo, que nos dio la libertad con la sangre de miles de jóvenes, ha dejado de ser un pegamento identitario de nuestra nación. Los partidos de la fragmentada oposición, desde el centro hasta la izquierda radical, tendrán mucho trabajo por delante en los años venideros. 

    giulia-campisi

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